El inicio de un nuevo año con frecuencia genera un clima en el que se renuevan las esperanzas y deseos de un mejor bienestar para nuestra familia y nuestra sociedad. Estas expectativas no deberían desligarse de la renovación de nuestros compromisos y responsabilidades, a fin de ser partícipes de los cambios que anhelamos. Para los cristianos, esta responsabilidad ética está muy ligada a la manera cómo Dios quiere intervenir con su poder transformador y restaurador en el mundo.
Precisamente, el Evangelio de Jesús cobra hoy mayor pertinencia porque el rostro de nuestro país da cuenta, aún, de las cicatrices y fracturas morales propias de una sociedad alejada de Dios; que se traduce en el incremento de las violencias, la exacerbación de la cultura hedonista, el ensanchamiento de las brechas sociales, el culto al consumismo desenfrenado y la desvalorización de la dignidad humana.
Mario Vargas Llosa ha señalado recientemente que "nunca hemos vivido como ahora en una época tan rica en conocimientos científicos y hallazgos tecnológicos ni mejor equipada para derrotar la enfermedad, la ignorancia y la pobreza y, sin embargo, acaso nunca hayamos estado tan desconcertados y extraviados respecto a ciertas cuestiones básicas como qué hacemos aquí en este astro sin luz propia que nos tocó, si la mera supervivencia es el único norte que justifica la vida, si palabras como espíritu, ideales, placer, amor, solidaridad, arte, creación, alma, trascendencia, significan algo todavía, y, si la respuesta es positiva, qué es exactamente lo que hay en ellas y qué no" (1)
Este es ciertamente el contexto –el de un mundo de extraviados y desconcertados, cuyo único norte es la supervivencia– en el que Dios nos convoca a contribuir en la afirmación de los valores cristianos, que nos permitan fundar los cimientos para hacer de nuestra sociedad y nuestras familias, espacios en el que el amor genuino sea afirmado, la solidaridad sea alimentada y la dignidad humana sea valorada.
Todo ello nos exige, por un lado, “… que rompamos con el cascarón de nuestra piedad intimista para abrirnos al mundo que ha sido creado por el Padre, redimido por el Hijo y sostenido por el Espíritu Santo. Sólo así los demás recibirán nuestro testimonio de [amor], servicio y compromiso” (2).
Por otro lado, nos invita a reconocer que la transformación de nuestro mundo debe empezar por y en nosotros. No podemos ser trasformadores si nosotros mismos no hemos sido trasformados; no podemos ser sanadores si nosotros mismos no hemos sido sanados. Como bien lo señala la Escritura, "Si Dios no edifica la casa, en vano se esfuerzan los constructores. Si el Señor no cuida la ciudad, en vano hacen guardia los vigilantes” (Salmo 127:1).
Los cambios que anhelamos serán infructuosos si nos acompaña una fe debilitada; si nuestra convicción en el poder de Dios es frágil e inconsistente; si nuestro testimonio no corresponde al amor restaurador y sanador de Dios; si nuestro compromiso ético no interpela ni incomoda, más bien es complaciente con el pecado.