Vivimos en un contexto en el que los “mercaderes contemporáneos de la fe” ofrecen por doquier ofertas de espiritualidad empaquetados en aquellos productos religiosos que construyen la imagen de aquellos dioses que complacen todo y no incomodan ni exigen ningún tipo de sacrificio.
A esto se suman aquellos monumentos modernos de las cruces y las masivas procesiones, inspiradas en aquella religiosidad construida a modo de calmante y aliviador de los dolores, que exorciza los miedos, espanta las ansiedades y evita el sufrimiento.
Esta suerte de “religiosidad light” contrasta tremendamente con el mensaje que encontramos en el discurso y el propio testimonio del Apóstol Pablo, cuya prédica invitaba a apropiarse de una espiritualidad integral y tener un encuentro con aquel Dios vivo y verdadero, que sí exige un cambio radical y demanda muchas renuncias y sacrificios.
Pablo fue, en ese sentido, un genuino embajador del mensaje de la Cruz, símbolo del sacrificio y el amor salvífico de Dios. Con mucha convicción pudo decir: “…Llevo, en mi cuerpo, cicatrices que muestran que pertenezco a Jesús” (Gal. 6:17).
El apóstol entendió muy bien aquello que el propio Jesus advirtió a sus seguidores o a aquellos que intentaron seguirle: “Si alguno de ustedes quiere ser mi seguidor, tiene que abandonar su manera egoísta de vivir, tomar su cruz y seguirme” (Mateo 16: 24).
Inspirado en estas demandas de Cristo, el teólogo John Stott sostenía:
"El secreto más grande de la efectividad misionera es la disposición a sufrir y morir. Puede ser una muerte a la popularidad (al predicar fielmente el impopular evangelio bíblico), al orgullo, a los prejuicios raciales o a las comodidades materiales. El [seguidor de Cristo] tiene que sufrir si ha de llevar luz a las naciones" (1).
De modo que el llamado de Jesús no implica una entrega a medias, tibia y desganada, sino un compromiso absoluto con la causa del Reino. En ese sentido, el seguimiento al Cristo de la cruz no es el del seguidor “que busca su felicidad individual y una religiosidad light que fomenta simplemente la satisfacción emocional y momentánea, sino de aquel que se compromete fielmente con su evangelio, proclamando al mundo la justicia, el amor y la paz” (2). Esto es, un compromiso con un cristianismo verdadero, encarnado y comprometido.
Rolando Pérez