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A raíz de la cobertura mediática de los últimos acontecimientos, así como la constante recurrencia al espectáculo exacerbado en los programas televisivos, diversos estudiosos de la realidad peruana han coincidido que los medios –renunciando a su papel educador– han vuelto a convertirse en legitimadores de un discurso marcado por la exacerbación y la teatralización de la cultura de la morbosidad, la denigración de las personas, la reducción del abordaje de los problemas sociales a insumos para fabricar melodramas televisivos y “reality-shows” sensacionalistas. La lógica se sostiene en aquello del “vale todo por el rating”.
A propósito de la criticada secuencia de uno de los sintonizados programas televisivos, en el que se recurre al uso indebido de animales para someter a los concursantes a pruebas extremas, el reconocido caricaturista del Diario La República, Carlos Tovar (Carlín), ha escrito en su cuenta de Facebook la siguiente reflexión:
"La excusa… de que “saben a lo que se exponen” no justifica que se exhiba la humillación de seres humanos, (menos aún si, para ello, se maltrata animales). En el fondo, lo que se hace es legitimar que se explote las necesidades (necesidad del “soñador” por obtener algo, y de la figura de la farándula por obtener titulares), haciendo que los “necesitados” se humillen.. De lo que se trata es de barrer con lo poco que queda de la dignidad humana, para que siga girando el molino satánico que lentamente tritura todo... Cuanto más difícil se hace su tarea, la bestia se pone más violenta" (1).
En esa misma línea, el Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, ha hecho un crítico análisis sobre la cultura de la banalización que se construye desde este tipo de programas:
"…ávidos de ganar dinero, explotan las bajas pasiones de la gente con total irresponsabilidad... Esto es consecuencia de la banalización de la cultura para la cual lo que importa es divertirse por encima de toda otra forma de conocimiento o quehacer" (2).
Este tipo de programas tienden a representar la imagen de los ciudadanos como sujetos sin escrúpulos, que tienden a recurrir a la violencia y al espectáculo de la confrontación para resolver sus problemas. Pero, este culto mediático a la frivolidad y al empobrecimiento de la cultura no es más que un reflejo de lo que ocurre en los diversos campos de la vida cotidiana. Por ello, todo esto nos hace pensar que –como sostenía el escritor José Saramago –vivimos una banalización cultivada de forma sistemática.
La literata y periodista Rocío Silva Santisteban ha hecho un exhaustivo análisis para su tesis doctoral (3), sobre el caso de los programas de la conductora televisiva Laura Bozzo. Su investigación concluye que estos programas responden a la afirmación de lo que ella denomina la “basurización” de la sociedad, desde cuya lógica se exacerba hasta límites insospechados el desprecio al otro y la complicidad con la denigración de la dignidad humana. Silva Santisteban sostiene que la exhibición masiva de aquellas situaciones que en la vida cotidiana nos produce cierto asco, no hace sino construir una suerte de “espectacularización” de nuestra propia miseria moral.
Gilles Lipovetsky, en su libro “La era del vacío”, sostiene que la cultura mediática
"...se ha convertido en una máquina destructora de la razón y el pensamiento….La cultura “listo-para-consumir” se constituye en un instrumento que reduce la capacidad de usar la razón de forma crítica… La fugacidad de imágenes y la seducción distraída de los medios, sólo pueden desestructurar el espíritu... Lo superficial pasa a ser la verdad histórica de la era de la seducción generalizada" (4).
Los analistas sostienen que hay una suerte de complicidad entre los productores de esta “tele-realidad” y los consumidores, porque ambos son parte de una sociedad que tiende a convivir con la doble moral, a deleitarse con el morbo, la insensibilidad y el desprecio por el otro, por el prójimo. Una de las razones de este resquebrajamiento moral es que “la seducción y lo efímero han llegado a convertirse en los principios organizativos de la vida colectiva moderna” (5).
En suma, el mundo en el que nos movemos hoy se caracteriza por ser una sociedad que se afirma en la cultura de la denominada “moral light” o –para decirlo en términos de Lipovetsky –la ética indolora, que aprende con rapidez a transgredir las normas, a obviar las fronteras entre lo real y lo ficticio, y a afirmarse en una cultura escapista.
En este contexto, resulta pertinente recordar el mensaje de Jesús, cuyo evangelio se afirma en otra ética, no aquella de la denigración o el goce con la miseria, sino aquella que busca superar el individualismo y la deshumanización para construir nuevos sentidos de comunidad, destruir los egocentrismos y narcisismos para afirmar el amor genuino al prójimo como consecuencia de "amar a Dios sobre todas las cosas" (Mateo 22:37). En contraste con las ideologías vacías y las frágiles culturas postmodernas, el Evangelio de Jesús afirma una sociedad que se resista a convivir con lo efímero y se afirme en el respeto a la dignidad humana y la vida plena.
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Notas:
(1) Tovar, Carlos http://www.facebook.com/photo.php?fbid=101503177731
84931&set=a.377338429930.152994.608314930&type=3&theater
(2) Editorial de “La red 21”, Uruguay, 17-04-2011
(3) Silva Santisteban, Rocío. El factor asco: basurización simbólica y discursos autoritarios en el Perú contemporáneo, PUCP-IEP, Lima, 2009.
(4) Lipovetsky Gilles, La era del vacío, ensayos sobre el individualismo contemporáneo, 2009, p. 16.
(5) Lipovetsky, Gilles. El Imperio de lo Efímero. La moda y su destino en las sociedades modernas, 1987, p.13 |